Comenzamos en un taller compartido con otras tres personas. La idea era simple: fabricar muebles que nosotros mismos compraríamos. Nada más, nada menos.
No queríamos ser una marca de lujo inaccesible ni una fábrica que produce en masa. Queríamos ocupar ese espacio intermedio donde la calidad no tiene por qué ser sinónimo de exclusividad absurda.
Doce años después, el taller es más grande, pero el enfoque sigue siendo el mismo.
Trabajamos con proveedores locales que seleccionan la madera según criterios estrictos de secado y procedencia. Cada pieza se inspecciona antes de entrar al taller.
El ensamblaje sigue técnicas tradicionales de carpintería: espigas, colas de milano, encolado en prensa. Los acabados se aplican a mano, en varias capas, y se dejan curar el tiempo necesario.
No fabricamos pensando en volumen mensual. Fabricamos pensando en que el mueble dure décadas.
Toda la madera proviene de bosques gestionados de forma sostenible. Podemos rastrear cada lote hasta su origen.
El precio que ves incluye todo: materiales, mano de obra, transporte, montaje. Sin sorpresas en la factura final.
Si algo falla en los primeros 10 años, lo arreglamos. Si no se puede arreglar, lo sustituimos. Así de simple.
Somos un grupo de siete carpinteros, dos diseñadores y una persona que coordina entregas. Nadie lleva corbata. Todos saben montar una mesa.
No hay departamentos cerrados ni jerarquías que ralenticen decisiones. Si tienes una idea mejor para resolver un problema, se escucha.
La rotación de personal es casi nula. Cinco de las personas que trabajan aquí llevan más de ocho años. Eso dice algo sobre cómo funciona el taller.